No siempre podremos decidir qué aparece delante de nuestros ojos, pero sí podemos decidir dónde fijamos la mirada.
Por: Mauricio Molinares
Johnny Ortiz escribió una frase que llevo años escuchando y que últimamente me tiene pensando: “Pero hay ojos que saben reír”. Y sí. Creo que los ojos pueden reír.
Continuamente trabajo frente a auditorios. Puedo ver cómo un público aparentemente callado, también me habla con la mirada. Entonces vuelvo a una canción que amo: Ojos, incluida en Siembra, de Willie Colón y Rubén Blades.
Rubén había escrito siete canciones para aquel disco, pero decidió sacar una de las suyas para darle espacio a Ojos, escrita por el puertorriqueño Johnny Ortiz. Imagínense. Para que un genio encuentre genialidad en algo que él no escribió y le haga espacio en su obra maestra.
Johnny Ortiz no escribió simplemente sobre unos ojos bonitos. En realidad, escribió sobre la condición humana. Hay ojos que ríen, sí. Pero también están los ojos del ciego, “que miran más por dentro” y esos otros ojos que parecen estar “dando gritos de hasta cuándo”.
Cuánto puede caber en una mirada alegría, dolor, esperanza, cansancio. Quizás por eso le hemos cantado tanto a los ojos: verdes, negros, chinos, indios. Porque la boca puede aprender a disimular, pero hay cosas que los ojos terminan contando.
Pensando en todo esto descubrí que la Biblia también tiene algo así como una teología de la mirada. Eva vio que el árbol era agradable a los ojos. Lot alzó sus ojos, vio una tierra que parecía maravillosa. David vio desde su terrado a Betsabé. Y Pedro… Pedro llegó a caminar sobre el agua. ¡Sobre el agua! Pero cuando vio la tormenta, tuvo miedo y comenzó a hundirse. No era solamente un asunto de ojos. Era un asunto del corazón.
Aquel mismo Pedro protagonizaría después otra escena que siempre me estremece. Tuvo miedo otra vez, y negó a Jesús. Tres veces. Entonces cantó el gallo. Lucas escribe una de esas frases que uno casi puede ver: “Entonces, vuelto el Señor, miró a Pedro”. Pedro salió de allí y lloró amargamente.
Pedro había mirado la tormenta y comenzó a hundirse. Ahora Jesús lo miraba a él y quizás Pedro comenzaba a mirarse por dentro. Johnny Ortiz tenía razón. Hay ojos que saben reír. También hay ojos que lloran. Que desean. Que temen. Todos tenemos tormentas capaces de robarnos la mirada. Yo tengo las mías. Tú tendrás las tuyas.
No siempre podremos decidir qué aparece delante de nuestros ojos, pero sí podemos decidir dónde fijamos la mirada. No basta con tener ojos que sepan reír. Hay que tener ojos que sepan dónde mirar.
Quizás por eso la Escritura termina dándonos una dirección: “Puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe”; Hebreos 12:2. Bendiciones.




