“El Evangelio también nos enseña a tomar distancia cuando la honra ha sido quebrantada”.
Amar y dejar ir no son acciones incompatibles. Durante mucho tiempo creí que amar siempre significaba quedarse, insistir, reconstruir una y otra vez los puentes rotos, hasta que un día me detuve en una de las escenas más silenciosas y, quizá por eso mismo, más profundas del Evangelio:
Un joven se acercó a Jesús buscando respuestas. Hablaron de la vida eterna, de los mandamientos y del costo de seguirle. Entonces ocurre algo que muchas veces pasa desapercibido. Antes de decirle una sola palabra más, el evangelista escribe: «Jesús, mirándole, le amó». Qué frase tan inmensa.
Jesús ya sabía que aquel muchacho no iba a seguirlo. Sabía que escogería sus riquezas antes que el Reino. Sabía que, al terminar aquella conversación, sus caminos se separarían. Y, aun así, lo amó. No lo persiguió cuando se marchó. No rebajó la verdad para retenerlo. No cambió sus convicciones por miedo a perder una relación. Lo amó y lo dejó ir.
Con los años he comprendido que el Evangelio también nos enseña a tomar distancia cuando la honra ha sido quebrantada. Perdonar no siempre significa permanecer. Bendecir no siempre significa volver.
Hay personas que Dios pone en nuestro camino para regalarnos años hermosos. Nos sostuvieron cuando más lo necesitábamos, celebraron nuestras alegrías y lloraron algunas de nuestras lágrimas. Negar ese bien sería una injusticia. Pero tampoco debemos permitir que una herida reescriba toda la historia como si el amor, la lealtad y la gratitud nunca hubieran existido.
El Evangelio no nos llama a conservar todas las relaciones. Nos llama a conservar limpio el corazón. Quizá una de las formas más difíciles de parecernos a Cristo sea mirar con gratitud a quien ya no caminará a nuestro lado, agradecer el bien recibido, bendecir su camino y dejarlo ir.
Hay despedidas que uno nunca aprende a celebrar, solo aprende a convervarlas en una oración.




