Mujeres, mensajes privados, contratos del Estado; los secretos de un palacio.
Por: Mauricio Molinares
Las denuncias sobre presuntos favores sexuales pagados con recursos públicos deben investigarse. Y los responsables, responder ante la justicia.
Que nadie invoque la vida privada para justificar lo injustificable. La intimidad merece respeto, pero no es patente para delinquir ni aval para abusar. Un delito sigue siendo delito a puerta cerrada. Y lo privado no convierte lo inmoral en aceptable.
Ya está bueno de justificarlo todo porque el protagonista es de los nuestros. Que vuelva la virtud al liderazgo. Que la probidad sea una exigencia.
La Biblia cuenta una historia que también empezó en un palacio.
David, el rey, hizo traer a Betsabé, esposa de Urías, uno de sus soldados. Se acostó con ella y quedó embarazada. Para encubrirlo, terminó ordenando que dejaran a Urías solo en lo más peligroso del combate.
Urías murió. Él mismo había llevado la carta que ordenaba su muerte. Entonces llegó el profeta Natán. Le contó de un rico que, teniendo muchas ovejas, le arrebató a un pobre su única corderita.
David, indignado, exigió castigo. Natán le dijo: «Tú eres aquel hombre».
David reconoció la injusticia antes de reconocerse en ella. ¿Nos pasa también?
Condenamos al corrupto, pero justificamos nuestro favor indebido. Exigimos respeto en público y humillamos en casa.
Cada conducta tiene su gravedad. Revisarnos no exonera a quien debe responder ante la justicia. David asumió su responsabilidad.
También nosotros debemos mirar aquello que condenamos en otros y justificamos en nosotros. Ante Cristo, yo también tengo que dejar las excusas, reconocer el daño que he causado y corregir lo que hago mal.
Que responda quien abusó del poder. Y que yo responda por cómo ejerzo el mío. Mis hijos necesitan algo más que escucharme denunciar la falta de integridad de otros, necesitan verme ser un hombre digno de su confianza.




