La historia que el mármol no cuenta.
Por: Mauricio Molinares
En 1501, Miguel Ángel recibió en Florencia un enorme bloque de mármol que llevaba décadas abandonado. Tenía apenas 26 años. De aquella piedra nació una de las esculturas más extraordinarias de la humanidad: el David.
Pero hay un detalle fascinante. Miguel Ángel no esculpió a David después de vencer a Goliat. Lo representó antes.
La mirada fija. Los músculos tensos. Una honda sobre el hombro. ¡El gigante todavía estaba vivo!
David no llevaba espada ni armadura. Frente a las amenazas de Goliat, tenía una certeza: «Porque de Jehová es la batalla». ¡Qué manera de confiar en Dios!
Aquel pastor se convirtió en rey de Israel. Guerrero, músico, poeta. El hombre que escribió: «Jehová es mi pastor; nada me faltará».
Pero ese mismo David cometió adulterio con Betsabé y ordenó poner a su esposo Urías en el frente de batalla, donde encontró la muerte. ¡El hombre que venció a Goliat fue derrotado por sus propias pasiones!
El autor del Salmo 23 también cargó con la culpa de una muerte. Sin embargo, Dios lo llamó «varón conforme a mi corazón». ¿Cómo puede ser?
David no fue un hombre sin pecado. Fue un hombre confrontado por Dios, que reconoció su maldad y clamó por misericordia. De aquel corazón quebrantado salió otra oración: «Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio».
El hombre que había confiado en Dios para vencer a un gigante ahora suplicaba que Dios lo rescatara de sí mismo.
¡Cuánto nos parecemos a David! Tenemos gigantes que enfrentar, pero también pecados que confesar. Necesitamos valor para nuestras batallas y gracia para nuestras miserias.
David fue escogido por Dios, sostenido por su misericordia y necesitado de un Salvador. Ese Salvador vino de su descendencia: Jesucristo.Miguel Ángel pudo esculpir el cuerpo de David. Solo Dios podía transformar su corazón.
Y esa es mi oración: Señor, dame la confianza de David frente a Goliat y su humildad cuando cayó. No quiero solamente vencer gigantes. Quiero tener un corazón conforme al tuyo.




