Jesús no envía gotas, envía cielos abiertos, ríos en medio del desierto, un aguacero de amor, capaz de devolverte la vida.
Por: Mauricio Molinares
¿Cómo te imaginas un aguacero de amor? Esa fue la pregunta que Moisés Angulo le hizo a sus amigos más cercanos. Moisés tomó sus respuestas y las convirtió en una canción maravillosa que dice así:
“Te encontré, cuando estaba más perdido con el corazón par o, hundiéndome hasta los pies. Yo te vi, y me quedé sin palabras, te me enredaste hasta el alma donde siempre te esperé. Y tú, me tomaste entre tus brazos y me diste tu regazo mitigando mi dolor. Hoy se, que aquel que sufre y espera recibe lo que quisiera, a manos llenas. Ay Dios!”.
Mientras la oigo no puedo evitar pensar en otro encuentro. Una mujer, un pozo y una conversación con Jesús. Todo parecía tratarse de agua, pero no era así, el problema nunca fue la falta de agua, era la sed del alma.
Jesús la mira y le dice: “Si conocieras el don de Dios, y si supieras quién te habla, tú me pedirías agua a mí”.
Ahí todo cambió. Porque Jesús no llegó a darle un vaso de agua, Él llegó a convertirse en su fuente. Y le hizo una promesa eterna:
“El que beba de esta agua volverá a tener sed, pero el que beba del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás”.
Ese día no solo se llenó un corazón, nació una fuente. Hoy quizás tú también estás en tu propio pozo, con sed, buscando respuestas, intentando sostener lo que se está secando. Pero Jesús sigue pasando por los pozos, sigue hablando, ofreciendo su agua. Ese mismo aguacero de amor que describe Moisés que lo llena todo. Solo hace falta reconocer la sed.
Jesús no envía gotas, envía cielos abiertos, ríos en medio del desierto, un aguacero de amor, capaz de devolverte la vida.




