El amor es un motor más poderoso que la herida, el miedo o el pasado.
Por: Mauricio Molinares
Dicen que para amar hay que sufrir. Que el amor deja cicatrices más que abrazos. Que al final del día, cuando tiras cuentas, siempre queda el eco de lo que se perdió. Pero hay canciones que contradicen esa idea. Canciones que, más que melodías, son mensajes del cielo con ritmo de trombones.
Una de ellas nació del corazón de un hombre que no veía con los ojos, pero sí con el alma: José Feliciano. La escribió para el álbum The Last Fight (1982), interpretada magistralmente por Rubén Blades y Willie Colón. Y cuando suena, uno entiende que hay letras que son profecías: “Porque llegaste tú a alumbrar mi alma herida con tu luz”.
¿Cómo puede un hombre ciego escribir sobre ser alumbrado? Tal vez porque solo quien ha conocido la oscuridad comprende la hondura de la luz.
Esa frase tiene un peso espiritual sin necesidad de sermón. El amor que ilumina el alma herida es la metáfora más pura de la gracia. Es el eco de aquel que también vino a alumbrar nuestra oscuridad, no con discursos, sino con entrega. Hace más de dos mil años, otra luz se encendió sobre un madero, y desde entonces sigue ardiendo en cada vida que decide creer.
Todos tenemos canciones que nos devuelven la fuerza. Melodías que nos acompañan en los tramos difíciles y nos recuerdan que la esperanza también tiene compás. Pero hay temas que van más allá del recuerdo: nos reprograman el espíritu. “Yo puedo vivir del amor” no es solo una frase romántica, es una declaración de vida. Es recordar que el amor es un motor más poderoso que la herida, el miedo o el pasado.
El arreglo del mambo de trombones producido por Willie Colón no es solo una decisión musical: es la metáfora del alma que se levanta. Cada nota suena como una trompeta que anuncia victoria. Porque la salsa, cuando se interpreta con verdad, también es una forma de fe. Es ritmo que sana, cadencia que levanta, comunión que redime.
Y entonces, como decía Feliciano, el milagro sucede: el alma herida se alumbra, lo perdido se transforma en propósito y el silencio se vuelve canción.
Yo puedo vivir del amor… y tú también. No lo digo como consigna vacía, lo digo como grito de fe. Porque cuando uno vive del amor de Cristo, la vida cambia de ritmo. Las lágrimas se convierten en melodías, las caídas en aprendizajes y los imposibles en esperanza. Así que canta conmigo, fuerte, sin miedo: ¡Yo puedo vivir del amor!




