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Abogado Alberto Peña acercar el campo a la ciudad
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“¿Y si acercamos el campo a las ciudades?”: abogado Alberto Peña

“El día que el campo y la ciudad se den la mano, el Atlántico entero comerá mejor y vivirá mejor”.

Columna de opinión por: Alberto Peña, Magíster en Derecho, Universidad Nacional de Colombia

El Atlántico se ha acostumbrado a mirarse en el espejo de Barranquilla, con sus malecones, sus puentes y sus edificios, y en ese reflejo olvida con frecuencia que detrás de la metrópoli, hay un departamento rural que madruga a ordeñar, a sembrar yuca, maíz y ñame, y a recoger el mango, la ciruela, el corozo y la guayaba que llegan a nuestras mesas.

De tal suerte que mientras la ciudad crece hacia arriba, el campo sigue esperando que alguien le tienda un camino, en el sentido más literal de la palabra.

Y es que las vías del departamento atraviesan circunstancias muy duras. Los caminos que llevan a las fincas son hoy trochas convertidas en lodazales, donde la moto se entierra, el camión no entra, y el mulo termina siendo el único transporte confiable. Cada aguacero deja veredas enteras incomunicadas, y cuando sacar un bulto de yuca de la finca cuesta más de lo que pagan por él en el mercado, el campesino entiende que trabajar la tierra dejó de ser negocio.

A eso se suma que las plazas de mercado que se han construido no le abren espacio al productor. Se levantan las estructuras, se cortan las cintas y se toman las fotos, pero el agricultor sigue sin un puesto donde vender directamente, atrapado en una cadena infinita de intermediarios que se quedan con la mayor parte de la ganancia. Entonces le toca salir a la esquina o al semáforo a mal vender lo suyo, y muchas veces es perseguido por la Policía sin que las autoridades locales aparezcan para acompañarlo y ofrecerle una salida digna. Es la imagen más cruda del abandono: quien nos pone la comida en la mesa, tratado como un infractor.

Mientras tanto, los jóvenes del campo miran ese panorama y sacan sus propias conclusiones. Sin vías, sin mercados y sin apoyo técnico, la finca del papá no les ofrece futuro y terminan migrando a la ciudad a vivir del rebusque, cuando con un poco de acompañamiento podrían ser ellos quienes modernicen la producción y la vendan con su propia marca.

La Constitución protege de manera especial la producción de alimentos y, desde 2023, reconoce al campesinado como sujeto de especial protección, pero esas palabras poco le dicen al muchacho que no encuentra cómo engancharse a la vida productiva de su tierra.

Por eso, la propuesta de esta semana es acercar la productividad del campo a las ciudades: arreglar las vías terciarias para que la cosecha salga, entregar puestos reales a los productores en las plazas que ya existen, cambiar la persecución por acompañamiento con ferias campesinas permanentes en los parques y plazas de los municipios, y vincular a los jóvenes rurales a programas de formación y emprendimiento agropecuario. Un departamento que cuida a quien produce su comida, se cuida a sí mismo, y el día que el campo y la ciudad se den la mano, el Atlántico entero comerá mejor y vivirá mejor.

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