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“Rentabilidad cultural: inversión, no gasto”: abogado Alberto Peña

En su columna de opinión, este jurista nos ilustra muy bien cómo se genera una dinámica económica positiva en el departamento del Atlántico en áreas como la cultura, el deporte y el turismo, entre otras, cuando se invierte bien.

Columna de opinión por: Alberto Peña, Magíster en Derecho, Universidad Nacional de Colombia.

Cada peso que un municipio invierte en un festival, en una cancha, o en una playa bien cuidada hace un recorrido corto y generoso. Pasa por el fogón de la matrona, por la lancha del pescador, por la caja del tendero, por el bolsillo del músico, y regresa a la comunidad convertido en empleo, en ventas y en orgullo. Por eso la cultura, el deporte y el turismo merecen un lugar más serio en los presupuestos locales, donde suelen ser lo primero que se recorta cuando la plata no alcanza. Lo conversábamos hace unos días a propósito de los diferentes Festivales Gastronómicos, la apuesta de nuestras matronas del Atlántico, mujeres emprendedoras que convirtieron un sabor que nos identifica en una fiesta, que también lleva ingresos a sus hogares.

Las cifras respaldan esa idea. Según la medición más reciente del DANE, publicada en julio, la economía cultural y creativa, que va desde los festivales y el turismo cultural hasta la música, el diseño y el software, le aportó al país 47,8 billones de pesos en 2025. Eso equivale a casi 3 de cada 100 pesos de toda la economía nacional, y en ella trabajan más de 820.000 personas. El turismo, por su parte, le dejó a Colombia ese mismo año más de 11.000 millones de dólares, una cifra récord que ya supera lo que entra al país por la venta de carbón y de café. En palabras sencillas, cuando crecen la cultura y el turismo, crece el producto interno bruto, que es la suma de todo lo que producimos, y buena parte de ese crecimiento se cocina en los municipios, donde están la playa, el reinado, la cocina tradicional y el artesano.

En el Atlántico lo sabemos de memoria. El Carnaval de Barranquilla de este año movió más de 840.000 millones de pesos, recibió a más de 820.000 visitantes y generó cerca de 195.000 empleos directos e indirectos, según el balance de la Alcaldía de Barranquilla. La academia, incluso, le ha puesto número a ese efecto multiplicador: un estudio de la Universidad de los Andes, calculó que cada peso invertido en el Festival Iberoamericano de Teatro de Bogotá se convertía en 4,3 pesos para la economía de la ciudad.

El deporte completa la cuenta, con una ganancia que además se mide en salud y en convivencia. En Inglaterra, un estudio de la Universidad Sheffield Hallam para Sport England, la agencia pública del deporte en ese país, encontró que cada libra esterlina invertida en deporte comunitario y actividad física le devuelve a la sociedad 3,91, casi cuatro veces lo invertido, en forma de ahorro en salud, bienestar y menos delitos. Traducido a nuestra realidad, una cancha iluminada o una escuela deportiva en el barrio está entre las inversiones más rentables que puede hacer un municipio. Cuida la salud de la gente, mantiene a los muchachos ocupados en algo que los hace crecer y, de paso, atrae torneos y visitantes que le dan movimiento al comercio. Para que ese peso regrese, la inversión tiene que ser constante, y la ley ofrece con qué hacerlo. Una parte de lo que la Nación les gira cada año a los municipios tiene destino fijo para el deporte y la cultura, y la estampilla procultura, ese cobro que suele aplicarse a los contratos públicos, debe reservar el 10 % de su recaudo para la seguridad social de creadores y gestores culturales. Mi paso por la administración de Puerto Colombia me enseñó que, con planeación, es posible sostener una agenda cultural todo el año, y darles a los gestores un reconocimiento mensual. La otra mitad le toca a la comunidad: asistir y consumir lo que ofrecen la matrona, el artesano y el pescador.

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