“No todo lo que suena merece atención. No toda circunstancia merece respuesta”.
Por: Mauricio Molinares
Hay momentos en la vida en los que el ruido nos distrae y nos atribula. No es solo el ruido de afuera. Es el de adentro también. Opiniones, versiones, juicios rápidos, respuestas que parecen urgentes. Todo habla al mismo tiempo y, sin darnos cuenta, el alma se va cansando.
En medio de ese ruido uno empieza a creer que tiene que explicar todo. Que callar es perder. Que no responder es quedar mal. Como si hablar fuera una obligación y el silencio, una derrota. Con los años he aprendido que no es así.
Hay silencios que no son ausencia, sino elección. No nacen del miedo, nacen de la sabiduría. A veces callar es una forma de cuidado: del corazón, de la paz, de la dignidad. No porque no tengamos qué decir, sino porque sabemos cuándo no decirlo.
Vivimos en tiempos que confunden rapidez con verdad. Todo tiene que aclararse ya, resolverse ya, exponerse ya. Pero la vida —que suele enseñar sin prisa— nos va mostrando otra cosa: hay verdades que no se imponen, se revelan. Y casi siempre lo hacen con tiempo. En alguna ocasión leí que: “la verdad espera; solo la mentira tiene prisa”.
La sabiduría bíblica va por el mismo camino. Dice que la cordura detiene el impulso, y que hay honra en pasar por alto la ofensa. (Proverbios 19:11). No como resignación, sino como carácter. No como silencio impuesto, sino como dominio propio. Porque hay respuestas que engrandecen menos que una espera bien asumida.
En casa eso lo aprendí de forma sencilla. Mi abuela Lupe no hablaba en discursos ni en frases largas. Cuando alguien se angustiaba por aclarar, por defenderse, por responder, ella decía sin alzar la voz: “Pa’ las verdades, el tiempo”.
Lo decía con la certeza de quien ha vivido lo suficiente para saber que la verdad no necesita empujones. Que sabe caminar sola. Que no se pierde en el camino ni se ahoga en el ruido.
Con los años he entendido que no todo se aclara, no todo se responde y no todo se defiende. Hay verdades que no necesitan defensas ni discursos, porque saben caminar solas.
Mi abuela tenía razón. Pa’ las verdades, el tiempo. Y cuando uno aprende a confiar en eso, algo se acomoda por dentro. El alma descansa. El corazón se aquieta. Y la vida —sin hacer ruido— termina poniendo cada cosa en su lugar.




