El hambre desquiciada de los delincuentes le quitó la vida al joven de 22 años que levantó su negocio con sudor y murió bajo el peso de la extorsión.
A las 7:55 de la noche del lunes 6 de abril, el barrio Villa Adela, en Soledad, no solo escuchó detonaciones; también vio cómo se quebraba el futuro de una familia. Yoiber Jesús Sara Escorcia, a quien todos conocían y querían por su amabilidad, cayó herido de muerte en la terraza del negocio que fue su orgullo y, al mismo tiempo, su sentencia.
Mientras el reporte policial se limita a registrar el hecho criminal ocurrido en la calle 46 con carrera 6C y una anotación judicial que la víctima registraba por estafa de hace cuatro años, la realidad que se respira en las calles es mucho más dolorosa y profunda. Yoiber, con apenas 22 años y con el sudor de su frente, vendía masa y agua de maíz para sostener a su hijo de apenas dos añitos.
Detrás del crimen se escondería el monstruo silencioso que carcome al comercio en el Atlántico: la extorsión. Según el desgarrador testimonio de su tía, Janelsy Escorcia, el joven vivía asfixiado por una cuota mensual de 5 millones de pesos que un grupo delincuencial lo obligaba a pagarles a cambio de no atentar contra su vida o la de su familia.
“Él pagaba eso cada mes. Tenía el quiosco arrendado y era poquito lo que ganaba, porque usted sabe que el kilito de eso (la masa) cuesta 1.200 pesos”, relató Janelsy entre sollozos.
Yoiber, quien llegó de Venezuela buscando una oportunidad que su tierra le negó, logró levantar su emprendimiento durante cuatro años. Sin embargo, desde hace dos, la delincuencia lo tenía “apretado”.
Afirmó Janelsy que la cuenta no le daba. Para cubrir solo la extorsión de 5 millones, Yoiber tendría que haber vendido más de 4.100 kilos de masa al mes, sin contar el arriendo del local, los insumos, su propio sustento y el de su hijo de dos años. Aun así, el joven resistió dos años pagando por miedo.
“Si pagaba la extorsión no le quedaba para la comida de él y su hijo”
A la pregunta de por qué nunca buscó a las autoridades, la respuesta de su tía fue un reflejo de la realidad que viven cientos de comerciantes en Soledad y Barranquilla:
“No denunció, porque usted sabe que, ajá, uno como gente humana, con miedo, por miedo no denunció”, explicó la fémina.
Esa incertidumbre no lo paralizaba, pero lo obligaba a una lógica cruel. Según su tía, cuando le preguntaban cómo aguantaba esa presión cada mes, su respuesta era la de quien no tiene otra salida: “Él decía que de qué más iba a vivir si no tenía su negocio, entonces él pagaba”.
Su tía indicó que el joven fue trasladado de urgencia al Hospital Materno Infantil de Soledad, pero el esfuerzo fue en vano, ya que llegó sin signos vitales.
Hoy, el barrio Ciudad Paraíso, donde residía, llora a un joven descrito como un “mamador de gallo” y profundamente querido. El hospital se llenó de vecinos anoche, una prueba irrefutable del vacío que deja un trabajador que solo quería sacar adelante a su familia con el “sudor de su frente”.
Informe: Alexander Ojito – El Ojo de la Calle




