“Muchos torturan ‘animales plagas’ en sus casas usando trampas y artefactos con pegamento que causan sufrimiento y agonía de manera prolongada”.
Por: Andy Berrío.
Durante los últimos milenios los homo sapiens hemos venido borrando de la memoria histórica el hecho de que pertenecemos al mundo animal, desligando el vínculo inseparable que tenemos con el resto de los seres vivos y basando nuestra visión como sociedad casi que exclusivamente en las relaciones humanas.
Desde aquella antigua revolución del conocimiento y la comunicación que se dió a través de la escritura (para no depender solamente de la oralidad para trasmitir información), se dispersó entre nosotros el nefasto imaginario de supremacía (a veces religioso) entre especies, llevándonos a creer que éramos los únicos capaces de desarrollar cultura y entre más nos alejáramos del comportamiento animal, podríamos avanzar como civilización moderna.
Esta negativa percepción de nuestro “origen salvaje”, se ve también reflejada en que ni siquiera los países más desarrollados han logrado incluir a los animales en su agenda política como una prioridad social y espiritual. Ni el cristianismo, el budismo, el Renacimiento, o la Revolución francesa han logrado acabar con nuestra incomprensión sobre el equilibrio que debe existir entre la naturaleza y todos sus integrantes, incluidos nosotros los homo sapiens.
En nuestra incultura, vemos por doquier y aceptamos que inocentes aves sean encarceladas en jaulas de por vida solo para satisfacer la despiadada necesidad de recrearnos con el sufrimiento ajeno, escudándose en las tradiciones de los pueblos para defender lo que humanísticamente es indefendible.
Asimismo, abundan por millares centros de producción animal con estados deplorables de salubridad, espacios diminutos que los atormentan con claustrofobia desde que nacen y medidas inútiles para evitar el dolor causado cuando son sacrificados. Así deben convivir miles de millones de gallinas, cerdos y vacas durante todas sus miserables vidas.
Tristemente la mayoría de naciones sigue justificando la tortura animal de muchas maneras, por ejemplo, enclaustrando millones de seres indefensos en laboratorios donde se prueban medicamentos, maquillajes y diversos productos de uso personal que les causan un dolor y terror inimaginable.
Estos actos de crueldad son “normalizados”, mientras nos tapamos los ojos en aras de la supuesta necesidad científica e investigativa. Otros muchos torturan “animales plagas” en sus casas, usando trampas y artefactos con pegamento que causan sufrimiento y agonía de manera prolongada en roedores e innumerables e indefensas criaturas.
¿Es ético torturar animales y justificarlo en la necesidad de probar en laboratorio productos y exterminar plagas? ¿No tenemos la capacidad e intelecto para crear métodos que no produzcan tal sufrimiento en nuestros hermanos terrestres? Hemos viajado a la luna y enviado robots a otros planetas, sin embargo, nuestra soberbia no es capaz de idear métodos eficaces e indoloros para prevenir esto.
El problema de las limitadas políticas de bienestar animal en el mundo va más allá de las leyes actuales o de la voluntad de los políticos, es una problemática cultural, de cómo nos percibimos dentro del mundo, de una equívoca idea antropocentrista (nos creemos el centro del mundo) que incluso nos ha llevado a matarnos entre nosotros mismos en guerras y conflictos bélicos.
No podremos avanzar como sociedad con una humanidad carente de empatía; cuando empecemos a extender nuestros valores universales como el amor, la solidaridad y el respeto al resto de seres con los que cohabitamos en nuestro planeta, desarrollaremos por fin una dinámica de convivencia armónica y sostenible entre especies.




