Hay voces que precisan que el planteamiento “cobarde” de Comesaña fue la razón de la debacle.
Por: Iván peña Ropaín.
Tal y como se esperaba desde el inicio se dio el planteamiento táctico de Julio Comesaña en el juego de la noche del miércoles 2 de noviembre en El Campín, en Bogotá: aguardar para disparar el contragolpe en ese compromiso correspondiente a la final de vuelta de Copa Colombia 2022, el que al final terminó siendo para el capitalino.
Su módulo defensivo en la zona de las 16 con 50 estuvo integrando por José Ortiz, Dany Rosero, Cesar Haydar, Edwin Velazco y Fabián Viáfara, figurando en la contención de la zona medular los dos que más minutos han tenido en cancha en el último tiempo con el Tiburón: Daniel Giraldo y Didier Moreno.
Varias fueron las voces de críticas en cuanto a dicho planteamiento de ‘Julio X’ para enfrentar al azul de los bogotanos, pues dejaba en banca a jugadores como Wálmer Pacheco, de los que ha mostrado mayor nivel recientemente en la zona defensiva tanto a la hora de atacar, de defender e hilar juego en conjunto.
También se escucharon juicios de aceptación por los nombres puestos en esas zonas del campo de juego, señalándose que la idea era esperar por el tema de la altura y la necesidad del rival que iba abajo en el marcador y dejaría espacios atrás, previéndose la explosión ofensiva con Fredy Hinestroza, Luis ‘Cariaco’ González, Edwin Cetré y hasta con el mismo Viáfara desbordando salidas, pero lo que nunca se produjo para el cuadro de Barranquilla, y si ocurrió, esta no se finiquitó felizmente por falta de un toque asociativo efectivo a la hora de encarar el ataque.
Pero más allá de la idea que tuvo Comesaña al parar estos jugadores, hablando solo del aspecto defensivo, en este juego de vuelta de la final de Copa, más allá de que los hinchas que fungen como “técnicos” desde sus televisores y de que los periodistas que siempre creen tener la razón en cuanto a cómo plantear un partido de estas características vituperen el módulo de defensa empleado por el Rojiblanco, hay que anotar un razón de peso que jugó en contra del Tiburón y que terminó cambiando el rumbo de esta final a favor del local.
Independientemente de todo lo que se diga en el aspecto estratégico, de los aciertos y desaciertos, de si puso o no al que era en X o Y posición, el infantil penal cometido al minuto 17 por el central Rosero al sujetar en el área al costarricense Juan Pablo Vargas, cuando este no representaba ningún peligro de gol para el Embajador tras el centro de costado, fue determinante para empezar el enredo del anhelo juniorista por alzarse con su tercera Copa Colombia en la historia.
Previo a la infracción, cuando la embestida del ‘Ballet Azul’ era notable por la necesidad de marcar pronto para igualar la serie a uno, y hasta después de la diana (el 1-0) convertida por el samario Luis Carlos Ruiz, la defensa de Junior de Barranquilla, realmente, no revistió tantas incomodidades, ni presentó tampoco los repetitivos errores defensivos a los que ha acostumbrado al juniorista en los más cercanos torneos, siendo notable la aparición de Sebastián Viera en momentos en que fue exigido en las contadas escaramuzas generadas por Millos, especialmente, en la primera etapa del cotejo.
Si bien los que insisten en que Comesaña “murió” en Bogotá con la “nevera llena”, al no colocar de salida a un par de jugadores que le hubiesen dado más forma al equipo en un duelo de este tipo como es el caso del atacante Carlos Bacca y del marcador de punta Pacheco, o que se señale neta “cobardía” del timonel colombo-uruguayo, es de resaltar también que esa infracción de Rosero marcó la hoja de ruta para la caída y terminó sacando a la luz aquellos errores que no se veían cuando en el partido aún Junior no veía vulnerar su arco.




