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Dos días después del fallecimiento de Miguel Ángel Russo, su hijo anotó un gol que se gritó en la eternidad

Ignacio Russo decidió jugar el partido que Tigres afrontaría contra Newell’s Boys porque ello le habría pedido su papá, quien siempre pondero al bello fútbol como una religión.

Por: Iván Peña Ropaín.

De esos goles sentidos con el alma y el corazón y que además trascienden a la eternidad, para los que creen en ella, donde descansa en paz el espíritu de algún ser querido, celebró la tarde argentina del viernes anterior Ignacio Russo, hijo del fallecido y muy querido entrenador, Miguel Ángel Russo, quien partiera de este mundo el pasado miércoles tras fuertes quebrantos de salud como causal de los cáncer de próstata y vejiga que padecía desde hacia años.

El delantero de 24 años, quien milita en estos momentos en Tigres, le convirtió el gol a Newell’s Boys en el empate a uno en el compromiso disputado como visitante y correspondiente a la jornada 12 (de 16) de la segunda fase de la Liga de Argentina. Decidió jugar en honor a la memoria de su padre, quien siempre ponderó el fútbol por encima de cualquier otra cosa mortal o material.

Se hizo naciente su emotiva diana tras una contra generada por el club felino y desborde por banda izquierda del atacante José Romero, quien, al ingresar al área de los apodados Leprosos, la cruzó al segundo palo por donde entraba el descendiente de Russo, a quien le tocó arrojarse con sus dos piernas para impactar la bola y meterla al fondo de la red; ese fue el 1-0 parcial de un partido que al final acabó uno a uno.

Más allá del resultado, la emoción movió fibras, excepto entre los hinchas del rival, quienes el minuto de silencio en tributo al exDT no lo respetaron al hacer bulla. Lógico, Miguel Ángel Russo, quien en su trayectoria como entrenador dirigió al archirrival en lo que representa el clásico rosarino: Rosario Central, nunca perdió contra ellos.

Ignacio, convertida la sentida diana dos días después del fallecimiento de su padre, corrió hasta una esquina de la cancha del estadio Coloso Marcelo Bielsa, se arrodilló, miró brevemente al cielo, se puso las manos en su rostro y se entró a llorar como un niño, mientras varios de sus compañeros lo animaban, consolaban y abrazaban.

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