“Cumplimos, servimos, sacrificamos, pero llevamos las cuentas. Convertimos el amor en una factura por cobrar”.
Por: Mauricio Molinares
Hoy, mientras acompañaba a un gran amigo en la despedida de su padre, pensé en el mío. En mi viejo. En cuánto lo amo y en cómo, con los años, nuestra relación se ha hecho más profunda. Y pensé en lo difícil que debe ser despedir a papá.
Entonces vino a mi memoria una pintura de Rembrandt: El regreso del hijo pródigo. Un padre abraza a su hijo arrepentido, pero a la derecha del cuadro aparece otro personaje, tradicionalmente identificado como el hermano mayor. El hijo que nunca se fue.
Aquel hombre había permanecido en casa, había trabajado, obedecido y cumplido sus responsabilidades. Pero cuando su hermano regresó y el padre organizó una fiesta, se indignó. «Tantos años te sirvo […] y nunca me has dado ni un cabrito».
¡Impresionante! Había pasado años obedeciendo, pero también llevaba las cuentas. Entonces su padre le respondió:
«Hijo, tú siempre estás conmigo, y todas mis cosas son tuyas». ¡Qué respuesta!
Mientras el hijo reclamaba lo que creía merecer, el padre le recordaba todo lo que ya tenía. ¡Qué gran tragedia! Vivía bajo el amor de su padre, pero no había aprendido a disfrutarlo.
¿Cuántas veces nos ocurre lo mismo?
En el matrimonio, la familia, las amistades y nuestra relación con Dios. Cumplimos, servimos, sacrificamos, pero llevamos las cuentas. Convertimos el amor en una factura por cobrar.
La obediencia es buena, pero no nos convierte en acreedores de la gracia. La obediencia no puede ser una moneda de cambio. El hijo menor necesitaba perdón por haberse marchado. El mayor necesitaba reconocer el orgullo que había cultivado permaneciendo en casa.
Ambos necesitaban la gracia. Y el padre salió al encuentro de los dos.
Hoy quiero preguntarte: ¿De qué sirve estar tan cerca de la casa si tu corazón se ha quedado fuera?
También necesita regresar… el hijo que nunca se fue.




