Las tragedias pueden derrumbar edificios, pero solo la prueba es capaz de quitarle el techo al alma, para que Dios continúe la obra que comenzó en nosotros.
Por: Mauricio Molinares
Por unas horas, Venezuela se pareció a la casa de Job, quien nunca imaginó que aquel amanecer sería el último en el que tendría todo, hasta que llegó el primer mensajero. Mientras aún hablaba, apareció otro y después otro y otro más.
En cuestión de horas, unos ladrones se llevaron sus animales, el fuego consumió sus ovejas y un violento viento del desierto derrumbó la casa donde estaban reunidos sus hijos. Todos murieron. Cuando cayó la tarde, Job ya no tenía nada.
Hoy, mientras veía las imágenes de Venezuela, no pude dejar de regresar a ese capítulo de la Biblia. No pretendo explicar el misterio del dolor, hay preguntas que pertenecen únicamente a Dios. Pero sí hay una verdad que Job nos dejó para siempre: La prueba funciona como un reflector. Un reflector no crea el paisaje. Solo lo ilumina.
Las tragedias tienen la extraña capacidad de derrumbar las casas y quitarle el techo al alma. Entonces, por primera vez, todos alcanzan a ver lo que había dentro: el amor, la fe, la compasión, pero también el egoísmo, la indiferencia, la dureza del corazón.
La prueba hizo lo mismo con quienes estaban alrededor de Job. Aparecieron los expertos que creían entender todos los porqués. los amigos que terminaron acusándolo, los opinadores que confundieron el dolor con un castigo. Y, en medio de tanto ruido, Dios seguía obrando en silencio. Y algo parecido está ocurriendo hoy en Venezuela.
Mientras unos remueven escombros con sus propias manos para salvar a un desconocido, otros descubren que todavía son capaces de amar hasta el sacrificio.
La prueba hace visible lo invisible. Si está en tus manos ayudar, hazlo, acércate a una iglesia, a una fundación o a una organización humanitaria seria. Quizás Dios responda la oración de una familia a través de tus manos.
Algún día todos tendremos nuestro “día de Job”. Quizás no sea un terremoto, quizás sea una enfermedad, una llamada en la madrugada, un accidente o una despedida inesperada. Cuando ese día llegue, la prueba volverá a hacer lo que siempre ha hecho, no solo mostrará lo que perdimos, también revelará quiénes somos.
Las tragedias pueden derrumbar edificios, pero solo la prueba es capaz de quitarle el techo al alma, para que Dios continúe la obra que comenzó en nosotros.




