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Colombia crece, pero no toda Colombia avanza

“La política económica debe dejar de enamorarse del titular del PIB y empezar a intervenir los cuellos de botella de los sectores rezagados”.

Columna de opinión por: Carlos Espinosa Osorio

El PIB colombiano marcó 2,2 % en el primer trimestre de 2026. Celebrarlo sería ingenuo. La cifra esconde una realidad incómoda: el país avanza a dos velocidades y con motores muy distintos.

La gráfica lo confirma. Los sectores que empujan son claros. Petróleo y combustibles lidera con un salto de 11 %, pasando de $1.456 a $1.613 miles de millones. Lo sigue la Administración pública y defensa con 8 %, un dato que refleja mayor gasto estatal pero que no necesariamente genera empleo productivo. Salud crece 7 % hasta $16.572 miles de millones, y Comercio y reparación de vehículos también 7 %. Energía y gas aporta músculo con 6 % y una base robusta de $22.882 miles de millones. Agricultura, con 5 %, y Ganadería, con 4 %, muestran que el campo sigue respondiendo pese a los choques climáticos y de costos.

Aquí está el primer matiz: el crecimiento está anclado en lo tradicional. Hidrocarburos, gasto público, servicios esenciales y agro. Son sectores resilientes, pero también cíclicos y vulnerables a precios internacionales o decisiones fiscales. Dependemos demasiado de lo que siempre nos ha sostenido.

La segunda velocidad es más preocupante. Sectores como Metalurgia apenas marcan 4 % y Silvicultura y extracción de madera 3 %. Y aunque no aparecen en la gráfica, el texto que la acompaña enciende las alarmas: café, construcción inmobiliaria y pesca muestran señales de desaceleración. Tres pilares del empleo regional y de la clase media. Que la construcción inmobiliaria frene golpea directamente la demanda de insumos, el crédito y la confianza de los hogares. Que el café pierda tracción afecta a más de 540 mil familias productoras. Que la pesca retroceda es un síntoma de abandono en las zonas costeras.

Entonces, ¿qué mueve realmente al país? El petróleo, el Estado, la salud y el comercio de supervivencia. ¿Qué pierde tracción? La industria que transforma, la vivienda que genera ciudad y los productos insignia del agro exportador.

Esta recuperación desigual tiene tres riesgos estructurales:

Primero, dependencia fiscal: si el gasto público es el que más crece, el 2,2 % es prestado.

Segundo, baja sofisticación: crecemos en volumen, no en valor agregado. Metalurgia y muebles, sectores industriales, apenas crecen 4 % y 6 %.

Tercero, inequidad territorial: Bogotá y las capitales administrativas jalan vía gasto, mientras regiones cafeteras, pesqueras y de construcción ven menos dinámica.

El 2,2 % no es un triunfo. Es un llamado a mirar el detalle. La política económica debe dejar de enamorarse del titular del PIB y empezar a intervenir los cuellos de botella de los sectores rezagados. Necesitamos reactivar construcción con seguridad jurídica y tasas viables. Necesitamos blindar al café con productividad y no con subsidios de corto plazo. Necesitamos que energía y agro se conecten con industria para que ese crecimiento no se exporte en bruto.

Conclusión

Colombia crece 2,2 %, pero lo hace con los motores de siempre y a costa del gasto público. Mientras petróleo, energía y salud empujan, la construcción, el café y la pesca frenan. La recuperación es desigual y frágil. Sin reactivar industria, vivienda y agro exportador, el PIB será un espejismo estadístico que no genera empleo de calidad ni cierra brechas regionales.

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