“La crisis prueba tu fe; la prosperidad prueba tu corazón; el orgullo no siempre grita”.
Por: Mauricio Molinares
Hubo un rey del que la Biblia dice algo extraordinario: “En Jehová Dios de Israel puso su esperanza; ni después ni antes de él hubo otro como él”. (2 Reyes 18:5).
Se llamaba Ezequías. Derribó ídolos. Restauró el templo. Volvió a poner a Dios en el centro de la nación. No hubo otro como él.
Asiria rodeó Jerusalén. El imperio más brutal del mundo. Le enviaron cartas de burla contra Dios. Ezequías no respondió con diplomacia. Llevó la carta al templo. La extendió delante del Señor. Y Dios respondió. En una noche, 185.000 soldados cayeron. El imperio se retiró.
Después vino la enfermedad. “Ordena tu casa, porque morirás.” Era una sentencia final. Pero Ezequías volvió su rostro a la pared. Lloró. Oró. Y Dios cambió la historia. Le concedió quince años más de vida. Y como señal… el sol retrocedió diez grados. El rey que movió ejércitos… movió el reloj del cielo.
La Biblia dice que tuvo riquezas y gloria en gran manera, tesoros de oro y plata, ciudades, ganados, infraestructura, pero, el texto es claro: “Porque Dios le había dado muchas riquezas.” La prosperidad tenía un origen: Dios.
Sin embargo, la Escritura también dice algo inquietante: “Mas Ezequías no correspondió al bien que le había sido hecho, sino que se enalteció su corazón”. (2 Crónicas 32:25)
Ahí comenzó el giro. Y entonces llegaron emisarios de Babilonia. No con espadas. Con admiración. Venían a preguntar por el prodigio. Por el milagro. Por el sol que retrocedió. Pero la Biblia dice algo estremecedor: “Dios lo dejó, para probarle, para hacer conocer todo lo que estaba en su corazón”. (2 Crónicas 32:31).
Ezequías mostró el oro. Mostró las armas. Mostró el poder. Pero no habló del Dios que movió el sol. El mismo hombre que dependió en la guerra, ahora se exhibía en la prosperidad.
Entonces el profeta Isaías entró al palacio y preguntó:
— ¿Qué dijeron esos hombres?
— ¿Qué han visto en tu casa?
Y Ezequías respondió:
— Han visto todo.
Isaías dijo entonces:
“He aquí vienen días en que todo lo que hay en tu casa será llevado a Babilonia. Nada quedará. Y de tus hijos tomarán… y serán eunucos en el palacio del rey de Babilonia.”
Ahí se anunció un exilio generacional. Décadas después, Babilonia regresó. No como visitante… sino como conquistador. Jerusalén fue destruida. El templo quemado. Los tesoros saqueados. Y los hijos de Judá fueron llevados cauVvos. Babilonia primero vio los tesoros… y luego vino por ellos.
La respuesta del rey fue aún más inquietante: “Habrá al menos paz y seguridad en mis días”. (Isaías 39:8).
El reformador comenzó a pensar solo en su Vempo. El hombre que había llorado por su vida… ya no lloró por la vida de sus hijos. No pensó en sus nietos. No pensó en la generación venidera. Pensó en “sus días”.
La crisis prueba tu fe. La prosperidad prueba tu corazón. El orgullo no siempre grita. A veces simplemente piensa: “Que haya paz en mis días.”
El mayor peligro de un líder no es fracasar… es empezar a creer que lo logró solo. Y el segundo peligro es vivir solo para su propia generación. Hoy es un buen día para no mostrar nuestros tesoros, para mostrar mejor al Dios que nos ha sostenido… y para pensar más allá de nuestros días. Cuando no devolvemos la gloria a Dios, nuestras acciones pueden preparar la cauVvidad de nuestros hijos.




