“Eso genera lo que yo llamo hambre social. Si todo el mundo las quiere, yo también. Si todo el mundo las tiene, yo las necesito”.
Por: Alicia María Bula Viecco
En un abrir y cerrar de ojos, las gafas de esta colaboración desaparecieron del inventario.
No una vez, dos veces, y la gente, enloquecida pidiendo más. Incluso, ofreciendo pagar más a quien estuviera dispuesto a revenderlas, porque nadie quería quedarse sin ellas.
Para unos fue moda o suerte. Para mí, fue un hit de marketing. Este golazo en ventas y mercadeo fue como uno de esos goles de Teo o de Enamorado en el último minuto de una final deJunior que le da victoria, en el momento de más euforia, emoción y conexión.
SAJÚ y Michelle dejaron algo muy claro: su obsesión con la audiencia. Conocen a su comunidad como si le hubieran analizado el ADN a cada seguidor. Y aquí viene el primer gran acierto: el momento.
Esto no habría sido lo mismo en Semana Santa ni en Navidad. Las lanzaron en pleno Carnaval de Barranquila, cuando Michelle está en su punto más alto, cuando el carnaval ya se siente en el aire y todo el mundo está pensando en calle y rumba.
El Timing emocional perfecto. Eso no se compra con pauta, pero sí llena las arcas.
Y seamos honestos: no son las gafas más finas y sofisticadas del mercado, pero sí son reecool, son verbeneras, picoteras, junioristas, carnavaleras y a distancia huelen a Maizena. Condensan todo lo que ha llevado a Michelle Char a conectar con su gente: reina de barrio, de fotos sin poses, de bacanería y sabrosura. De ahí viene esa viralidad absurda y orgánica desde el minuto cero
Justo ahí, aparece el segundo gran acierto: las gafas no se diseñaron en un escritorio frío de agencia, pensando en tendencias globales o en “lo que viene este año”. No. Se diseñaron desde la propuesta de valor de Michelle y sacaron exactamente lo que su gente quería ponerse para rumbear y verse cool.
A un precio accesible. Ni muy caras, ni muy baratas. Las pusieron comprables. Ese punto mágico donde uno dice: “Me las compro, total.” Eso amplió la ola: más gente, más historias, más ruido. No diseñaron para el ego de la marca y lograron una mezcla que es explosiva y el efecto dominó fue inevitable.
Y el tercer gran acierto llegó solo: “Agotadas”. “Se acabaron”. “Vuélvanlas a sacar”. Eso genera lo que yo llamo hambre social. Si todo el mundo las quiere, yo también. Si todo el mundo las tiene, yo las necesito.
Y no, eso no es manipulación. Eso es comunidad activada y conectada.
Así que este caso deja una lección brutal: no gana quien más pauta paga. Gana quien mejor entiende a quién le habla. No gana el más “bonito”, gana el que logra conexión real. No gana el que más grita, gana el que vibra de verdad con su gente.
Michelle y Sajú no vendieron gafas, vendieron identidad, afinidad y coherencia emocional.
Y, una vez más, me siento profundamente orgullosa de lo que sigue pasando en mi ciudad, del talento que emerge desde la creatividad local y de la visibilidad que la inteligencia de esta reina le sigue dando al Carnaval de Barranquilla.
Perfil de la columnista: Alicia María Bula Viejo (Linkedin) Marketing Estratégico e Inteligencia de Negocios.




