Alias Calarcá habría comprado la lealtad de un mando medio de las disidencias de alias Mordisco, conocido bajo el alias de Korea, para que entregara a sus compañeros.
La muerte de 26 integrantes de una facción disidente de las antiguas FARC en el departamento del Guaviare no habría ocurrido en medio de un combate, como se creyó inicialmente. Nuevos informes de inteligencia y análisis forenses apuntan a un episodio mucho más crudo: una operación de infiltración interna, rendición inducida y ejecución sistemática.
De acuerdo con fuentes oficiales citadas por medios como Caracol Radio, varios de los cuerpos hallados presentaban impactos de bala a quemarropa, un detalle que refuerza la hipótesis de que los hombres fueron rematados después de haber sido desarmados. Al parecer, no hubo intercambio de disparos ni resistencia prolongada. Lo que ocurrió habría sido una traición cuidadosamente planeada.
En el centro de esta historia aparece un sujeto conocido como alias Korea, un mando medio que pertenecía a una estructura bajo el control de alias Iván Mordisco. Su trayectoria criminal comenzó en Arauca, pero las disputas internas por poder, control de hombres y rentas ilegales lo llevaron a ser trasladado al Guaviare, un territorio clave en la guerra contra la facción rival liderada por alias Calarcá.
Ese traslado, lejos de fortalecer a su grupo, habría sellado su destino. Las autoridades sostienen que Korea fue cooptado por el bando contrario. La versión que se investiga señala que alias Calarcá le habría entregado cerca de 500 millones de pesos para comprar su lealtad. A cambio, el primero habría entregado información precisa sobre la ubicación, rutinas y condiciones del grupo al que pertenecía.
Con esos datos, se habría montado una operación sin precedentes recientes en la zona: los 26 hombres fueron rodeados, inducidos a rendirse, despojados de sus armas y equipos, y posteriormente ejecutados con disparos de gracia, una acción rápida, silenciosa y devastadora.
El trasfondo de esta masacre es una guerra fragmentada y altamente volátil en el suroriente del país. En el Guaviare, distintas estructuras armadas ilegales se disputan corredores estratégicos para el narcotráfico y el control territorial, especialmente en el eje que conecta este departamento con Caquetá y Guainía.
Zonas rurales de San José del Guaviare y sectores como Puerto Cachicamo figuran en los informes como puntos neurálgicos de movilidad y logística entre estructuras y grupos armados ilegales.
En ese contexto, lo ocurrido no habría sido un hecho aislado, sino una señal del reacomodo violento que atraviesan estas organizaciones. Las balas ya no siempre se disparan en combates abiertos, hoy pesarían más las traiciones, la compra de mandos y las infiltraciones internas como herramientas para debilitar al enemigo y asegurar territorios.




