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“Tápate los ojos y aprende a vivir por fe”: Desde el alma, un espacio donde la razón y la emoción conversan con honestidad

La vida nos enseña que no siempre podemos confiar en lo que vemos.

Por: Mauricio Molinares

¿Cuántas veces hemos visto una fruta que luce apetitosa, brillante y jugosa, y al probarla resulta amarga o está podrida por dentro? Lo mismo puede ocurrir con una comida que nos seduce con su aroma, con un negocio que promete ganancias fáciles, con una persona que parece confiable o con un camino que aparenta ser recto. La apariencia engaña. Lo que brilla no siempre es oro.

Lot también se dejó llevar por lo que veía. Al levantar sus ojos contempló la llanura del Jordán, “como el huerto de Jehová”, y decidió instalar allí sus tiendas. Parecía la mejor decisión: tierra fértil, abundancia asegurada. Pero lo que comenzó como promesa terminó en tragedia: fue a dar con Sodoma y Gomorra, ciudades de perversión y dolor, donde su familia sufrió profundamente.

La vida nos enseña que no siempre podemos confiar en lo que vemos. La vista humana es limitada, se deja llevar por lo superficial. Por eso, el llamado de Dios es a cerrar los ojos del cuerpo y abrir los ojos de la fe. La fe no se guía por lo aparente, sino por la certeza interior de que Dios conduce, aun cuando lo que tenemos delante no sea claro.

El sabio proverbio lo dice: “Fíate de Jehová de todo tu corazón, y no te apoyes en tu propia prudencia. Reconócelo en todos tus caminos, y él enderezará tus veredas” (Proverbios 3:5-6). La fe es eso: taparse los ojos ante las dudas, los temores y las apariencias, para confiar en la voz del Señor que nunca engaña.

Muy a lugar el decir del príncipe de los predicadores, Charles Spurgeon: “La prudencia del hombre, sin la dirección de Dios, puede ser su mayor necedad”.

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